Interventor por un día: cambiar la mirada sobre el control interno.
Hay proyectos que nacen de una idea muy sencilla.
Interventor por un día nació de una pregunta que llevaba tiempo haciéndome: ¿cómo podemos cambiar la percepción del control interno dentro de nuestras organizaciones?
Porque quienes trabajamos en Intervención sabemos que, con demasiada frecuencia, el control se percibe desde fuera como una barrera. El reparo, la fiscalización, la omisión… son probablemente su cara más visible y eso puede hacer que el órgano interventor sea visto como aquel que dice que no, que pone dificultades o que ralentiza la gestión.
Pero el control interno es mucho más que eso.
Controlar también es prevenir, analizar riesgos, planificar, recomendar, acompañar y contribuir a mejorar la gestión. Y para conseguir que esa otra forma de entender el control cale en una organización, llegué a una conclusión: no basta con explicarla. Hay que experimentarla.
De ahí nació Interventor por un día.
Una acción formativa que diseñé inicialmente para los empleados públicos de la Diputación de Granada con un objetivo muy claro: acercar gestión y control y construir, entre todos, una cultura positiva de control. Desde entonces, aquella primera experiencia ha ido creciendo, edición tras edición, hasta extenderse también a profesionales de otras Administraciones y llegar al programa de formación descentralizada del INAP.
Vivir el control, no solo explicarlo
Desde el principio tuve claro que no quería que fuera un curso convencional.
Por supuesto, hablamos de control interno, función interventora, control financiero, riesgos, Informe Resumen o Plan de Acción. Pero quería que ocurriera algo más importante: que quienes participan pudieran ponerse en el lugar del otro.
Por eso trabajamos con dinámicas, juegos de roles, simulaciones, trabajo en equipo y espacios de reflexión. Porque hay cosas que se comprenden mucho mejor cuando se viven que cuando simplemente se explican.
De los laberintos a la brújula
Una de las primeras cosas que hacemos es hablar de percepciones.
En alguna de las ediciones hemos utilizado las cartas de Dixit para responder a una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué imagen representa para ti el control interno?
Y aparecen laberintos. Obstáculos. Caminos difíciles. Figuras amenazantes. Incluso algún dragón.
Esa primera fotografía de cómo se percibe el control es probablemente uno de los momentos más interesantes del curso.
Porque unos días después la pregunta vuelve a plantearse.
Y entonces aparecen otras imágenes: una brújula, una luz, estabilidad, integridad, acompañamiento.
Ese cambio de mirada es, para mí, uno de los mejores resultados de Interventor por un día.
Un día al otro lado
Pero hay una dinámica que da nombre al curso y que probablemente sea la que mejor resume su filosofía.
Durante aproximadamente una hora y media, los participantes dejan de pertenecer a sus áreas habituales y se convierten en equipos de Intervención de distintas Diputaciones. Tienen un calendario que avanza, expedientes que resolver, plazos que cumplir y actuaciones que priorizar.
Y, como ocurre en la vida real, nada sale exactamente como estaba previsto.
Aparecen bajas, órganos colegiados, mesas de contratación, recepciones de obras, formación, vacaciones y todo tipo de incidencias que obligan a reorganizarse continuamente.
Y también introducimos mucho humor. Porque en nuestras particulares Diputaciones ha habido embarazos, permutas y hasta viajes al Caribe o a Disney.
Nos reímos mucho.
Pero, mientras nos reímos, ocurre algo importante: por unas horas están al otro lado.
Tienen que priorizar. Organizar recursos. Cumplir plazos. Tomar decisiones. Experimentar la presión de una carga de trabajo que no siempre es visible para el resto de la organización.
Y entonces algunas cosas empiezan a entenderse de otra manera.
Un aprendizaje en los dos sentidos
Pero el aprendizaje también funciona en sentido contrario.
Interventor por un día no pretende que las áreas gestoras comprendan a Intervención sin más. También pretende que Intervención comprenda mejor a quienes gestionan.
Por eso trabajamos situaciones reales, resistencias al cambio y dinámicas como Siempre se ha hecho así, en las que los participantes representan distintos roles y después analizan juntos qué ha ocurrido, cómo nos comunicamos y por qué determinadas mejoras resultan tan difíciles de implantar en nuestras organizaciones.
Y por eso también les pedimos que propongan mejoras.
No quiero que un curso sobre control interno termine únicamente con conocimientos sobre control interno. Quiero que termine con ideas para mejorar la organización.
Los participantes trabajan en equipo, plantean propuestas para mejorar la gestión y el control y las analizan atendiendo a su impacto y viabilidad. Porque construir una cultura positiva de control significa también asumir que todos somos parte de la solución.
Corresponsabilidad
Quizá esa sea la palabra que mejor resume todo el proyecto: corresponsabilidad.
Las áreas gestoras son la primera línea de defensa. Intervención tiene unas funciones y una responsabilidad propias, pero un buen sistema de control interno no se construye únicamente desde el órgano interventor.
Se construye cuando toda la organización comprende que gestionar y controlar no son objetivos enfrentados.
Formamos parte del mismo equipo.
Y buscamos lo mismo: que los recursos públicos se gestionen correctamente y que nuestras organizaciones funcionen cada día un poco mejor.
Servidores públicos
Por eso Interventor por un día termina volviendo a algo que va mucho más allá del control interno.
A nuestra condición de servidores públicos.
Al final del curso invito a los participantes a imaginarse muchos años después, en el momento de su jubilación, y a pensar qué tendría que aparecer en su particular «lista de comprobación» para poder mirar atrás y sentirse satisfechos con el camino recorrido.
Y compartimos tres ideas muy sencillas que también intentan resumir mi forma de entender el trabajo en la Administración:
Dejar la Administración un poco mejor de como la encontramos. Hacer sencillo lo complejo. Y predicar con el ejemplo.
Lo que me llevo
Después de varias ediciones, si algo me llevo de esta experiencia no son únicamente los resultados del curso.
Me quedo con las conversaciones, las propuestas de mejora, el compañerismo, la participación y, sobre todo, con algo que hace unos años quizá me habría parecido difícil imaginar:
ver a un grupo de empleados públicos hablar, debatir, aprender y hasta reírse hablando de control interno.
Porque crear una cultura positiva de control no consiste en hacer que a todo el mundo le guste el control.
Consiste en conseguir que se comprenda para qué sirve.
Que dejemos de verlo como un obstáculo con el que podemos chocar y empecemos a percibirlo como una garantía de buena gestión.
Que gestión y control se conozcan mejor, se comprendan mejor y sean capaces de trabajar desde sus respectivas responsabilidades con un mismo propósito.
Ese cambio de mirada es, para mí, el verdadero éxito de Interventor por un día.
El control interno puede ser riguroso y técnico, pero también cercano, útil, innovador y transformador.
Y después de cada edición sigo teniendo la misma ilusión por continuar intentando algo que parecía difícil cuando empezamos:
Poner color al control interno.
