Del aprobado al servicio público.
Hay un momento en la preparación de cualquier oposición en el que casi toda gira alrededor de un objetivo: aprobar.
Y es lógico. Para llegar hasta aquí primero hay que superar un proceso selectivo especialmente exigente.
Pero después del aprobado llega una pregunta mucho más importante:
¿Qué clase de empleado público queremos ser?
Hace poco tuve la oportunidad de participar en una mesa redonda dentro del curso selectivo de funcionarios de Administración Local con habilitación de carácter nacional del INAP.
La mesa llevaba por título “Dirigiendo equipos: aciertos, errores y aprendizajes del habilitado nacional”.
Y precisamente por eso quisimos dejar algo claro desde el principio: aquella sesión pretendía ser un espacio para hablar desde la experiencia. Para reflexionar, compartir y debatir sobre situaciones que, probablemente, quienes hoy están realizando el curso selectivo vivirán dentro de muy poco.
Del aprobado al despacho
Porque hay una parte de nuestra profesión que ningún temario puede enseñar completamente.
Es ese momento en el que pasas del aprobado al despacho.
Llegas a tu primer destino con muchísimos conocimientos y muchas ganas de hacerlo bien. Pero llegas también a una organización que existía antes que tú, con sus personas, sus dinámicas, sus problemas, su historia y su particular manera de hacer las cosas.
Y pronto descubres que ejercer como Habilitado Nacional es bastante más que aplicar correctamente una norma.
Tienes que escuchar.
Tomar decisiones.
Dirigir personas.
Explicar criterios.
Gestionar conflictos.
Mantener la independencia profesional.
Relacionarte con responsables políticos sin perder de vista cuál es tu función.
Aprender a decir que no cuando es necesario y a buscar soluciones cuando existen.
Y, en medio de todo eso, intentar no perder nunca de vista para qué estás ahí.
Entender antes de cambiar
Por eso una de las primeras ideas que quisimos trasladar fue muy sencilla:
No llegues para cambiarlo todo. Llega para entenderlo todo.
La experiencia enseña que cuando llegamos a una organización resulta muy fácil detectar rápidamente aquello que creemos que debería hacerse de otra manera. Mucho más difícil es detenernos, observar, escuchar y comprender por qué las cosas funcionan como funcionan.
Con el tiempo aprendes que los cambios no dependen únicamente de que sean técnicamente correctos. También importa cómo y cuándo los planteas.
Dirigir personas
Y poco después llega otro descubrimiento.
Creías que ibas a informar expedientes y descubres que también estás dirigiendo personas.
Los equipos esperan instrucciones, criterios, respuestas y claridad. Y empiezas a comprender que el conocimiento técnico es imprescindible, pero que no es suficiente.
Un equipo necesita dirección, pero también relación. Necesita prioridades y organización, pero también confianza, comunicación, reconocimiento y capacidad para gestionar los conflictos.
Hablar también de los errores
Y hablamos de errores. De los nuestros. Porque quizá una de las cosas más útiles que podemos ofrecer a quienes empiezan no sea contarles únicamente aquello que hemos hecho bien, sino también aquello que, si pudiéramos volver atrás, haríamos de otra manera.
Cambios que intentamos introducir demasiado deprisa. Conversaciones que podríamos haber gestionado mejor. Momentos en los que confundimos firmeza con distancia.
La conversación recorrió también otras realidades de la profesión: gestionar equipos que ya estaban allí antes de nuestra llegada, afrontar conversaciones incómodas, movernos correctamente entre el ámbito político y el administrativo, asumir decisiones difíciles y aprender a convivir con cierta soledad que inevitablemente acompaña a algunos momentos del puesto.
Una profesión exigente
Porque tampoco quería transmitirles una imagen idealizada de la Habilitación Nacional.
Es una profesión extraordinaria, pero también exigente.
Hay decisiones en las que no estamos completamente seguros. Expedientes complejos. Urgencias. Conflictos. Momentos en los que el peso de la responsabilidad se siente especialmente.
Y precisamente por eso hablamos también de cómo sostenerse en el tiempo.
De la importancia de los compañeros.
De crear redes.
De preguntar.
De compartir experiencias.
De aprender a tomar cierta distancia emocional y no personalizar todos los conflictos.
Y de algo que para mí termina siendo una enorme fuente de tranquilidad: saber que has intentado actuar con rigor, honestidad, respeto y buena fe.
El servicio público
Pero después de hablar de liderazgo, equipos, conflictos, errores y aprendizajes, quería que la mesa terminara donde, para mí, debe empezar y terminar siempre nuestra profesión:
en el servicio público.
Porque podemos hablar de habilidades directivas, de liderazgo, de gestión de equipos o de conocimiento técnico. Todo eso importa muchísimo.
Pero antes que habilitados nacionales somos servidores públicos.
Trabajamos, además, en la Administración más próxima a la ciudadanía. En aquella en la que un expediente, una decisión o una actuación administrativa puede tener un impacto muy directo en la vida cotidiana de una persona.
Y eso nos proporciona una responsabilidad enorme, pero también la oportunidad de encontrar cada día el sentido de nuestro trabajo.
Por eso, si tuviera que resumir en dos ideas lo que me gustaría que quienes empiezan se llevaran de aquella mesa, serían muy sencillas:
No olvidéis nunca que sois servidores públicos.
Y una segunda, todavía más sencilla:
Intentad ser amables. Incluso un poco más amables de lo estrictamente necesario.
Porque el rigor técnico es imprescindible.
La independencia también.
La responsabilidad forma parte inseparable del puesto.
Pero el respeto, la empatía y el buen trato también forman parte del servicio público.
